Los interiores
Una de las cosas de tener hermanos es que a veces no sabes de quien es qué. Un día fácilmente puedes estar usando las medias que tu hermano Juan sudó el día anterior en el gimnasio y no sabes si eran las de él o las tuyas hasta que, un par de horas después de ponértelas empiezan a oler sospechosamente a gato en medio de la clase de química. Si tu mamá, para ahorrarse tiempo, les compra a todos más o menos las mismas cosas, peor, porque menos vas a saber de quien es la ropa y tarde o temprano te va a pasar lo de las medias
Sin embargo, no todo es tan malo. Por un lado, siempre tienes más ropa porque puedes ponerte la ropa de ellos –si te dejan–. Por el otro, como deja de importarte de quién es la ropa que te estás poniendo, nunca te haces muchas preguntas y te pones lo que encuentras. Tu mamá tampoco es que tiene un ojo clínico para estas cosas y le pone a cada uno en las gavetas lo que ella piensa que era suyo.
Ni ella sabe muy bien que es de cada quien porque incluso llegaste a ponerte su ropa interior en una ocasión a los nueve años. Te pusiste una pantaleta blanca suya pensando que era un interior tuyo y seguiste adelante con tu vida. Te quedaba pequeña y no te sostenía bien, pero no tenías más nada limpio y te la dejaste puesta.
Horas más tarde, tu mamá te ve caminando por la casa en ropa interior y te detiene, informándote que aquello que llevas puesto era suyo con un grito de “¿qué coño haces con mis pantaletas puestas, Diego Armando?” Al final fue su culpa, porque si ella las puso ahí, cómo ibas a imaginarte yo que eso no era tuyo.
A veces te pasa lo mismo con algunos amigos, pero por suerte no con su ropa interior. A veces dejan cosas y ropa en tu casa y tu te las pones como asumes hacen ellos si tu dejas algo tuyo en sus casas. Cuando me mudé a vivir con María Octavia, al principio iba y venía de mi casa y me iba trayendo ropa.
Fue en esa misma época en la que apareció en mi vida un interior blanco con la liga roja. En la liga, decía “Parker” en letras blancas tan percudidas como el resto de la prenda, que en realidad no era tan blanca sino más bien un color tirando al marfil y con un perfil claramente ahuesado.
Las primeras veces que lo vi no le presté mucha atención porque me di cuenta de inmediato que no era mio. Supuse que seguro pertenecía a alguno de mis hermanos y lo dejé ahí por si en algún momento lo necesitaba, pero debido a mi errática frecuencia de lavado de ropa, el día finalmente llegó.
Saqué el interior de la gaveta y lo contemplé con detenimiento una vez más. Lucía un poco dilapidado, pero no tenía nada más que ponerme. Me quedó pequeño, pero se me veía un culote y embelesado por mis propios atributos, lo seguí usando.
Sin embargo, tras un par de puestas en las que me sentía incómodo y ap
risionado por la pequeña prenda –que en ocasiones se me metía entre las nalgas y pasaba a ser una tanga– la duda afloró en mí. Tal vez no era de mis hermanos como creía. Sin embargo, tras un par de puestas en las que me sentía incómodo y aprisionado por la pequeña prenda –que en ocasiones se me metía entre las nalgas y pasaba a ser una tanga– dudé de su procedencia.
Tal vez los interiores no eran de mis hermanos. Tal vez era de Joharvi, con quien teníamos tiempo viviendo. Asumí que era de él. Callé y guardé el secreto. No quise que mi transgresión causara una ruptura entre nosotros. A partir de ese día los usé poco. No podía ponérmelos con la conciencia limpia y cada vez que los usaba –a pesar del culote que se me veía– no podía dejar de pensar que tal vez estaba insultando a un amigo.
A partir de ese día los usé poco. No podía ponérmelos con la conciencia limpia y cada vez que los usaba –a pesar del culote que se me veía– sentía que mi acción ensuciaba nuestra amistad.No pude soportar la culpa. Tras varios años en Argentina –y a miles de kilómetros de Joharvi–, le confesé la verdad. Le mandé una foto para que se reencontrara con su vieja prenda, pero cuando me dijo que no eran suyos me quedé frío. ¿Cómo que no eran suyos? Le mandé la misma foto a mis hermanos y a mi papá, buscando aclarar esta situación. Tampoco era de ellos. Tenía sentido que no lo fuera porque ellos son más grandes que yo, pero quise mantener la ilusión de que sí para no sufrir. Si no eran de Joharvi ni de nadie de mi familia, ¿de quién eran?
Parecía que había estado usando interiores de un extraño durante años. Inmediatamente llegaron a mi mente todas las supuestas contraindicaciones de usar ropa interior que no te pertenece. Gonorrea, sífilis, ladillas. Todas ellas desfilaron por mi mente. Igual ya habían pasado años, pero el súbito horror que mi acción –repetida y continuada durante años–, me causaba podía conmigo.
Por días, elucubré sobre el misterio de la ropa interior, pero al no llegar a ningún lado, el caso se fue enfriando y lo archivé. A veces veía el interior blanco con liga roja en el cajón y volvía a mí la pregunta, pero sin nueva evidencia no había nada que hacer. Así estuve durante años hasta que otra vez me enfrenté al no tener ropa interior limpia y me vi cara a cara con el interior fugitivo. Me lo puse, disfruté del culote que me hacía ver y me consolé pensando que, aunque apretado, seguía estando vigente tras todos esos años.
Fue ahí cuando supervisaba las costuras de la prenda que tantas dudas me había traído que entendí de quien era realmente el interior. Era de Yul, el exnovio de Maria Octavia. Durante años me había estado poniendo la ropa interior del examante de mi pareja. Por un segundo me sentí desagradado ante la idea, pero el desagrado me duro solo eso. Ahora todo tenía sentido. Él es más bajo de estatura que yo y creo que un poco más delgado. Con razón al usar su ropa interior se me veía un culo fantástico. La verdad es que como no me quedaba del todo bien, siempre me dejaba la mitad de las nalgas al descubierto.
La verdad es que fuera de él y no de alguien más me traía más alegrías que disgustos. Tenía todo el sentido del mundo. Seguro él había dejado ese interior alguna vez durante el tiempo que vivieron juntos y que yo me lo pusiera representaba una especie de continuidad en la vida amorosa de mi novia. Era casi como si él me estuviese pasando la antorcha olímpica y yo fuese el siguiente corredor en la vida de la persona con la que ambos compartimos.
Ahora, cuando me lo pongo me siento parte de algo más grande que yo. Soy parte de una cofradía. De una logia. Ya no siento dudas. Ahora sé que la existencia de esa prenda de ropa interior ahí en ese cajón tenía una razón. También sé que pase lo que pase, los dejaré donde los encontré con la esperanza de que alguien se los ponga una vez más y se perpetúe el ciclo.